El tren | El Comercio


24 de septiembre de 2020 00:00

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Luis Arturo Moncayo Figueroa

Es necesario reconocer que el tren en sí es un elemento icónico en nuestra vida republicana. Fue el sueño final de dos gigantes estadistas: Dr. Gabriel García Moreno y el General Don Eloy Alfaro, quienes fueron bárbaramente asesinados como gratitud a sus esfuerzos por unir a la nación en un abrazo fraternal entre la Sierra y la Costa.

El tren ha sido fuente de vida a todo lo largo de su recorrido, para cientos de ciudadanos que agilitaban sus negocitos para cuando el tren se manifestara por sus lares. El tren es un medio de transporte masivo tanto en tiempo de paz como en tiempo de emergencia, no tiene rival. Ahora, nos toca enfrentar la dura realidad, el mantenimiento que demanda este negocio es extremadamente elevado, lo cual exige que no se desperdicie ninguna oportunidad, por pequeña que esta sea, de obtener ingresos, abundantes ingresos. No encuentro explicación alguna a la decisión tomada por los promotores del funcionamiento del tren, parece que creían que poniéndole nombre de pájaros carpinteros y primaveras de fantasía, a los “tours”, el dinero entraría volando a sus arcas.

A todo esto, al tren en sí, se lo puede embodegar, y siendo las vías férreas más seguras que las carreteras, el Gobierno puede darlas en arriendo para que los dueños de vehículos que quieran convertirlos en autoferros, los utilicen en el transporte tanto de carga como de personas. Se exigirá carros “pullman” para la conducción de pasajeros en viajes directos o a los lugares designados como turísticos.  

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